''El que no quiso cuando pudo, no podrá cuando quiera.''
-Truth
"Nadie nos advirtió que extrañar es el costo que tienen los buenos momentos".
Mario Benedetti.

viernes, octubre 26, 2018


    “A ella le encantaba desvertirle, como si fuera un niño. Tenía la piel más bonita que cualquier hombre de los que ella había conocido, suave como la de una muchacha. Apretaba sus labios contra el pobre muñón seco del brazo de él. Él retrocedía. Ella lo volvía a besar. Él suspiraba. Ella besaba su ingle y él reía y la tendía en la cama, en su posición: ya tenían hábitos. Ella recostaba la cabeza en el hombre derecho de él, él la sostenía con su brazo izquierdo. Siempre se acostaban así: era reconfortante. Es tu lugar. Tu cuerpo es mi brazo. 
    Ella le acariciaba el pelo ondulado, reposando su cabeza hacia ella para recibir en la cara su aliento. Le acariciaba la mejilla, la bella barba hirsuta. La apretaba contra su cuerpo, sus dedos garabateando en la espalda de él, su palma deslizándose hacia abajo como para borrar lo escrito. Su lánguido yacer uno al lado del otro comenzaba a agitarse. Ella pasaba una pierna sobre la cadera de él y la encerraba contra sí. Él gemía y caía dentro del cuerpo de ella. Empezaba la labor del placer: caída y empujón de pelvis, hueso hincado en carne que se disuelve, que florece en puro desplome. Cuán profunda era. Acaricia aquí, decía ella. Quiero tu boca aquí. Y aquí. Más adentro. Presionando, estrujando, en un principio ella temía que pudiera agobiarle con la intensidad de su deseo; él le parecía demasiado frágil. Pero él quería que ella le dominara, quería que le inundase la emoción de ella.

   Peso contra peso; fluido con fluido; interior contra, lleno, abarrotado de exterior. Sentía que ella le engullía, y él quería vivir dentro de ella.
   Ella cerró los ojos, pese a que no había nada que le gustara más que contemplar su cara, encima de la suya, debajo de la suya; y verle sentir lo que ella sentía. Ella nota que él rebosa e inunda. Nunca imaginó que un hombre pudiera sentir igual que ella sentía. Ella siempre quiso perder su cuerpo en la agonía del placer, convertirse en pura sensación. Pero sabía que un hombre no siente de esta manera. Un hombre nunca olvida su cuerpo como lo olvida una mujer, porque un hombre está empujando su cuerpo, una parte de su cuerpo, hacia adelante, para que tenga lugar el acto de amor. Aporta el saliente de su cuerpo al acto del amor, luego lo retira, en cuanto ha conseguido lo que busca. Así eran los hombres. Pero ahora sabía que un hombre podía sentir como ella sentía, en todo su cuerpo. Que un hombre podía permitirse gemir y adherirse, tal como lo hacía ella cuando él la montaba y la penetraba. Que él deseara que ella le tomase como ella deseaba que él la tomara. Que ella no tenía que simular sentir más placer que el que sentía; que él le entregaba tanto como ella le entregaba a él. Que los dos se embarcaban en la aventura del placer con la misma trivial ansiedad sobre su habilidad para complacer o ser complacidos, y la misma facilidad, la misma confianza. Que eran iguales en el placer, porque eran iguales en el amor”.

Extracto del libro “El amante del volcán”, de Susan Sontag. El libro lo compramos con una amiga hace dos meses. Entramos a una librería de libros viejos, y vi el nombre de la autora: había leído en uno de mis tantos momentos nerds que ella era una escritora estadounidense, filósofa, y que había escrito un libro sobre la fotografía, vista como un arte más allá de lo visual. Eso lo escuché creo que en un documental que daban en el canal encuentro, o algún video que encontré por Internet, pero estaba relacionado a algo sobre filosofía.